Bienvenidos a mi Arboleda, amigos. Siéntense a la sombra de los frutales. Compartamos un café; y si gustan un buen puro, pues denle fuego, junto a la imaginación.

La arboleda es la ventana para asomarse a mis orígenes, a la finca donde crecí, con todas sus maravillas y sus tragedias.

Pudiera haber alguna fantasía, algunos nombres cambiados, pero en general, es una crónica de la realidad.

Y también, puedes mirar alguna poesía, de varios estilos, fotos, todo lo que se me vaya ocurriendo…

Un abrazo

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El Batey

Orígenes

Ya no queda gente. Hace mucho que murieron las memorias. Una hija de tío Prudencio me dijo que en los primeros tiempos, cuando abuelo vivió en Los Arabos, un poblado a quince kilómetros al norte, se sacó varias loterías durante una racha milagrosa. Con aquellos dineros compró la finca. De seguro que ya conocía a Perera, un isleño de Canarias como él y quien era la parte buena y laboriosa de su sombra. Imagino cómo habrán trabajado completando cercas, rompiendo suelos y levantando las primeras casas con las mismas maderas y pencas de guano que debieron abundar por las inmediaciones. Quién sabe si ya algún hijo era grande, quizá Baldomera y el mismo Prudencio. Así adquirió las primeras reses y les pagó a algunos obreros de la sitiería, hasta que todo fue tomando forma. Quién sabe si hubo dueños anteriores y la arboleda ya daba algún fruto, porque allí abundaban caimitos, mangos y zapotes de edades incalculables.

El pozo de boca lo fueron cavando a pico y pala, a golpe de barreta, hasta las treinta varas de hondo. Encima le hicieron un brocal de piedras de un metro de alto, por el que nos asomábamos para ver aquellas aguas lejanas de reflejos negros, en las que soñábamos monstruos en espera de que alguien callera. Alguna vez, después de asegurarme de que nadie miraba, lancé piedras para escuchar el eco haciendo gárgaras.

La escuelita primaria la debieron hacer más tarde, y desde entonces, alguna maestra, como la que me dio clases, vino cada día por el ferrocarril y muchas veces pernoctó en la casa vieja, porque era mucha la distancia, y las tardes de turbonadas.

Con el pasar de las estacione fueron llegando una decena de hijos que iré mencionando. Posiblemente Baldomera era la mayor, y se casó muy pronto con su propio asesino, a quien nunca conocí. Allí tuvo su casa, al noroeste del batey y cerca de donde el moro después levantó su tienda.

Baldomera parió a Alberto y a Teresa, a quien siempre dije “tía”. Yo acostumbraba  jugar con los hijos de Teresa, sobre todo con Emilito y Omar, porque Lazarita y Alfredo, eran muy pequeños.

Dicen que Baldomera le era infiel al marido y éste lo supo a través de algún amigo. Tratando de salvar el matrimonio, se mudaron a La Montaña, una sitiería situada a más de treinta kilómetros. Un día él salió, como de costumbre, a trabajar; pero al rato tuvo un presentimiento y regresó sigilosamente. Entonces fue cuando sorprendió a ambos con las manos en la masa. Ciego de ira agarró el hacha y la golpeó a ella hasta dejar sus sesos manchando las paredes. Abuelo trató de matarlo, pero ya estaba en la cárcel y años después se fue a vivir a Camagüey, donde formó una nueva familia y nadie quiso saber de él, hasta hace poco, cuando sintió la cercanía de la muerte y envió a un hijo tratando de contactar a Alberto y Teresa. Pero solamente el varón quiso viajar para verlo antes de que falleciera.

La de Baldomera fue la primera muerte, antes de que yo naciera, porque los primeros muertos que conocí dentro de aquella tierra, fueron abuelo y abuela, bajo los cuidados de tía Ángela, ambos consumidos por un cáncer en la garganta.

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La finca tenía una manigua al fondo del potrero en que cada cual marcó sus vacas. El resto mayormente caña, algunas yucas, maíz, boniatos, y la arboleda por un costado del batey de siete casas, además de la escuela y la tienda del Moro.

Al centro del batey, el terreno de pelota bordeado por el callejón hondo, como un cintarazo en su lomo sur.

Medio hundida en la arboleda, estaba la casa del viejo Aguiar. La mayoría de sus hijos se habían casado. Dos vivían en la Habana, la mayor fue muerta de un trancazo a manos del marido, y le quedaron nueve. El cuarto, tío Bernardo, separó su porción de tierra, y le puso Rebacadero, es uno de los hijos preferidos.

Los otros seis, tres varones y tres hembras vivían en el batey, además de la pareja de huérfanos de la difunta, y el isleño Perera, que siempre había trabajado para el abuelo.

Eran las nueve de la mañana, todavía el agua sucia formaba pequeños ríos por el callejón. Alfredo, hijo del isleño, jugaba con un barco construido con una lata de sardinas. Le había puesto pequeñas velas de trapos, pero se iba de lado. Hasta que perdiendo la paciencia, le puso una gran piedra en el fondo. En aquel momento el fango que hizo saltar un caballo al galope, le salpicó la cara y cayó de espaldas sobre la yerba. Sin recobrarse aún, vio que el viejo Aguiar salía por la puerta de la cocina con la escopeta de dos cañones y el cinto medio suelto:

_ ¡Hijo de mala madre! ¡Si vuelves te vuelo los sesos! _Fue a seguir empujando sus ciento noventa libras pobladas de canas hacia el callejón, cuando la vieja Tomasa trató de sujetarlo.

_ ¡Calla, puñeta! ¡Lo que no tienes es que parir ladrones!_ Y de un empujón la pegó contra la pared mientras seguía avanzando, hasta que viendo al niño, le enseñó la escopeta echando bufidos. Ya el caballo doblaba por el camino real, cerca de la tienda del Moro.

Doce minutos después, la mitad de los cañaverales ardían, a más de dos meses de comenzar la zafra. El viejo se estiraba de un lado a otro, llamando a la gente. Así encontró a la hija mayor que botaba los orines entre las cepas de plátanos.

_ ¿Ves lo que hace tu hermano, Angelita? ¿Ves lo que hace? Quemando los cañaverales de su padre. Me roba veinte pesos y como lo cojo, le doy dos gaznatones y le quito el dinero; ahora manda al hijo de ese Moro de mierda a decirme que si no lo acepto en la casa y le dejo los veinte pesos, le da candela a la otra mitad. Primero, muerto. ¡Mejor lo mato!

Ángela abrió la boca entre asombrada y queriendo decir lo más conveniente. Era el único hijo cuya opinión se oía en la casa; quizás porque fue la que pasó semanas enteras cuidando al viejo cuando le hicieron la operación del cáncer en la garganta. Pero en eso alguien los interrumpió.

_ ¿Qué le pasa viejo? _

_ Ven acá, muchacho, que tú eres el único que le haces caso a tu padre_

Era Israel, el más pequeño, de veinte años; alto, fuerte e impulsivo. El único a quien se complacía en todo.

_ Dicen que Juan está quemando las cañas _

_ Hace eso porque es un engreído. ¡Si yo tuviera veinte años menos le partía la cara! Pero todos me han dejado. ¡La vida echada a la perra por unos malagradecidos!

_ Pero yo…

_ Ya sé que tú me entiendes, pero qué le vas a hacer. Hay que tener madera para… ¡Por mi santa madre que lo mato si me cae a tiro!

Entonces Angelita quiso mediar.

_ ¿Por qué no me dejas hablar con Juan, papá? _

_ ¿Para qué, crees que puede imponerme sus deseos, ¿a mí? Mira, mejor sigue en lo tuyo, ¡aquí lo voy a esperar! _Pero en aquel momento, Juan había entrado al Rebacadero y era interceptado por Bernardo, el hermano dueño de dicha finca.

_ ¡Tú estás loco, Juan, sabes que así no sacarás nada del viejo! _

_ ¡Me importan tres pitos, estoy cansado del muy tacaño; y uno matándose sin un quilo, con novia y sin poder comprarle ni un refajo; ¡yo no nací para esta porquería! ¡Y antes de que se ahogue en su dinero, le quemo hasta las sábanas!

_ ¡Óyeme, ese es tu padre!_

_ ¡Llamas a eso padre; yo creo que a mí me parió una yegua!

Al otro día Juan regresó al batey y el viejo pasaba una de sus crisis depresivas. Tomasa le hizo señas desde la puerta de que no se acercara, y salió a su encuentro entre las dos palmas reales de la entrada. Allí la besó y pidió la bendición. No acostumbraban a hablar de problemas de hombres, no obstante Tomasa le aconsejó que no volviera por allí en una semana, y le metió cinco pesos en el bolsillo. Podría pasarla en casa de Bernardo o de Angelita.

_ Parece que tendré que acabar con toda la finca _ Y se fue cabizbajo.

En eso Israel se acercó corriendo desde el fondo de la arboleda. Al ver a Juan, había amarrado el caballo lejos y echado mano al revólver.

_ ¿Qué coño te pasa con el viejo? ¡Piérdete de aquí para siempre! ¡Arriba, dime qué te pasa! _

A todas estas, Juan lo miraba una y otra vez de arriba abajo, como dándose cuenta de pronto de que había crecido, aquel muchacho por el que siempre sintió más despecho que amor.

_ ¡Vaya, el niño lindo se puso los pantalones!; pero el revolvito te queda grande. ¡Cuidado no te orines si se te va un tiro! _ Y volvió la espalda para irse.

_ ¡Hazme caso, coño!

_ ¡Anda y que te limpie la vieja!

Acabando esto, sonó el disparo. Juan se paró en seco al tiempo que flexionaba las piernas y se sujetaba el sombrero. Después rodeó la palma para protegerse y sacó el machete. Tomasa había corrido al interior para agarrar los santos. Ismael temblaba. Ahora con las rodillas cada una por su rumbo no tenía fuerzas para levantar el arma. Juan se enderezó y envainando de nuevo, se fue sin decir palabra, mientras Israel empezaba a recuperarse jurando matarlo.

La tarde estaba amoratada. Las nubes se juntaban por el oeste cuando Juan se perdió entre los primeros truenos.

Más tarde Sergio, el hijo mayor de Ángela, llegaba empapado, dejaba el sombrero, las botas y el machete envainado en un rincón del comedor, mientras contaba a su madre.

_ ¿Supiste que Israel trató de matar a su propio hermano? Nunca me ha gustado cómo crían a ese muchacho._

_ ¡Ay, hijo!, esto es el infierno mismo. No sé qué nos pasa. La familia tiene veneno en la sangre. Apenas unos años de lo de Baldomera, y empieza la desgracia otra vez_

_ Allá ellos, vieja, no te sigas metiendo en esas cosas. Nueve meses cuidando a ese viejo entre la vida y la muerte, sabiendo que pronto le harás falta de nuevo, porque el cáncer se lo está comiendo, y apenas te mira a la cara. Todo para Israel porque es el único que le adula.

_ Esto acabara si dieran a cada cual su pedazo de tierra. Se terminarían las trifulcas. Todos somos mayores de edad. Pero el viejo no quiere. Dice que mientras él viva es el único dueño._

_ Primero se revienta que aflojar un peso_

_ Él dice que llegó de Canarias con la muda de ropa que traía puesta, escondido de la policía debajo de la saya de una monja y que todo esto lo hizo sudando sangre_

_¡Ah!… Anda, dame algo de comer. ¿No vino papá hoy? _

_ Sabes que desde que nos separamos, viene un sábado cada mes._

_ Sí, pero ayer me dijo que quiere ver si intercedes con el viejo para que le compre la yunta de bueyes, y puede fabricar algo por Colón, bien lejos de todo esto.

Cuatro meses después el viejo Aguiar moría postrado, con una sonda y sin querer ver a Juan ni en el último momento; pero en el testamento le dejó su parte cerca del potrero, alejado de los demás.

Clarita, la curandera que vivía a orillas del callejón, viuda y con seis hijos, pasaba todas las mañanas por el batey con una jaba pidiendo un puñado de azúcar y unos granos de café. Una mañana le dijo a Ángela:

_ Hija, me enteré que los hermanos se están fajando, de que pelean con los padres, de que nadie le hace caso a nadie. Es una maldición que está cayendo sobre la familia _

Tres días después, la mujer de Juan, que ya se había mudado para su pedazo de tierra al otro lado de la finca, tuvo sietemesinos.

Ahora la vieja Tomasa se quedaba en la casona con el hijastro Cesáreo, al cual estaban tratando de colocar en La Habana con ayuda del hijo mayor, que trabajaba como maestro. Además tenía a Hortensia, la hija menor y única soltera. Después de la muerte habían cesado los juegos de dominó, hasta que Tomasa llamó a Cesáreo.

_ Nazareo, quiero que vayas a decirle a Rivero que venga esta noche para echar un partido_

Esa noche se sentaron a la mesa formando parejas, Rivero con Hortensia y Tomasa con el hijastro. Cualquiera ajeno al juego hubiera visto cómo Rivero y Hortensia se descuartizaban con los ojos. En ocho meses apenas habían hablado diez o doce palabras; pero era su gran historia. Esa misma tarde Rivero había buscado a alguien que supiera escribir: “Te espero a las doce en el jardín. Te quiere, Rivero”.

A las diez se acabó el juego, pero todo estaba convenido.

El joven había dejado la yegua a dos cordeles, en la arboleda repleta de grillos, y se agachó detrás de unos plátanos a pocas varas de la puerta del fondo. Allí se quedó acalambrado y frío por los orines que la vieja vino a tirar como siempre, al acostarse.

A media noche, Hortensia se envolvió en dos colchas porque había tostado café y no quería pasmarse. Él la tomó en brazos; ambos temblaban.

Cinco minutos después, con el galope de la yegua, Tomasa saltó de la cama. El instinto se lo dijo todo. En un dos por tres, llamó a Cesáreo e Israel. Ella tomó la escopeta de dos cañones y con el refajo medio suelto y las enormes tetas rebotando contra los reflejos de la luna, montó el mulo de su marido en pelo, y siguiendo el eco de los fugitivos, se lanzó tras ellos por el camino real hacia el jucaral de Arango.

En pocos segundos, Israel y Cesáreo le pasaron por el costado dejándola perdida en la polvareda. Aquel mulo no avanzaba una vara a pesar de sus maldiciones. No supo cómo Cesáreo le había arrebatado la escopeta y ya los tiros revoloteaban cerca de la pareja.

La yegua estaba próxima a caer con el peso de los fugitivos, quienes al pasar un recodo, se lanzaron entre los plataneros dándole un planazo a la bestia, que aligerada recobró los bríos. A poco el remolino de caballos y tiros se perdió hacia el jucaral.

La semana siguiente volvieron las desgracias. Recuerdo que mi padre fue esa tarde a cargar dos cubos de agua al pozo del brocal; en ese momento llegó Israel apurado, y trató de usar la cuerda para sacar el agua primero. Así surgió la discusió y mi padre le dijo:

_ Tú eres mi hermano menor; así que no pienses que me voy a fajar contigo. Pero, por favor, si me ves en tu camino, no vuelvas a dirigirme la palabra para evitar desgracias._

Pipo estuvo muy nervioso durante el almuerzo, le dijo unas palabras fuertes a mima y salió a sembrar pangola en lo de tío Bernardo. Eran las cuatro de la tarde cuando jugábamos a medio camino entre el pozo y la casa, y en eso, un trueno retumbó lejano y vimos aquella nube alta y grisácea por el oeste. El viejo Celedonio pasaba en su penco y dijo como para él:

_ Estas nubes del poniente traen desgracias, siempre.

Nosotros nos quedamos mirando a lo alto, tratando de descubrir demonios allá arriba.

Corrí a la casa y mima nos subió a la cama, mientras rezaba. En media hora, el día comenzó a opacarse, pero aún sin lluvia. Entonces estalló el trueno por lo de tío Bernardo, una centella que quedó retumbando por todos los rincones del cielo, y después un vientecillo frío; las primeras gotas reventando el polvo y aquel olor a tierra mojada tratando de alivianarnos la sangre. Alguien vino con el caballo desbocado y al pasar, gritó:

_ ¡Fueron Juan y Valentín!

Pero más tarde supimos que eran mi padre y Valentín, pero este último se había recuperado al rato.

Cuando la carreta se atascó con el cadáver a la entrada del batey, vino la prima Teresa, desmelenada con su San Lázaro, diciendo que era bueno que el santo se mojara para que no hubiera más desgracias. Y se desgajó el cielo con tanta lluvia. La tía Ángela abrazó llorando a su hermano, ya rígido, y aseguró que la piedra del trueno le había partido el corazón.

Así llegó nuestra vida de huérfanos. La casa, en medio del batey, se quedó triste y como vacía, pues estábamos durmiendo con mi abuela materna, a dos kilómetros de allí, por temor a los espíritus.

Unos seis meses después comenzó la pugna por la herencia de mi padre. Los hermanos, con Israel al frente, dijeron que nosotros éramos muy pequeños para trabajar la tierra y que no teníamos derecho a ella. Mientras tanto, yo guataqueaba un poco, a pesar de mis nueve años; y una tarde fui a recoger unas mazorcas de maiz de nuestros quince surcos, que limitaban con los de tío Israel. Él me vio.

_ ¿Qué haces? ¿No sabes que tienes que pedir permiso?

_ Pero, si es nuestro_

_ Aquí nada es suyo. Vaya a su casa que yo hablaré con su madre_

Mima estaba en el patio, con la ropa en la batea, cuando llegó Ismael a grandes zancadas.

_ Me hacen el favor y cuando quieran recoger algo de la finca, me lo piden a mí_

_ ¿Quién te dijo eso?, ¿de cuándo a acá eres el dueño?

_ ¡Te digo que lo hagas y no me discutas! Aquí ustedes no tienen nada, y más vale que no seas lengua suelta._

Los nervios le jugaron una mala pasada a mi madre, y estuvo dos días sin levantarse.

Las mujeres del batey, con las de la Habana, se reunieron para nombrar abogado. Vino Prudencio, el hermano mayor, desde la capital. Pero se le notaba una conducta extraña, hablaba solamente de números y se quejaba de un horrible dolor de cabeza. Dos meses más tarde moría de un tumor cerebral. Otra heredera que caía en problemas, como mi madre.

Días después del entierro, tio Juan nos visitó.

_ Lo que hay que hacer es darles la tierra aparte a ustedes, al igual que me la dieron a mí; con estos desgraciados no se puede convivir, la avaricia los va a reventar._

_ Pero si no tenemos derecho según dice Israel, y el abogado pide dinero y el tiempo pasa.

Parece que aquellas desavenencias molestaban mucho a Rivero, y Alberto que siempre estaba a la sombra de Israel, se creía con más derechos que nadie (era uno de los hijos de la difunta Baldomera)y lo miraba como a un rival, no perdiendo oportunidad de burlarse de él diciéndole enano y mentiroso. Rivero, uno de esos días, se le reviró y con un terrón seco le dio en el pecho. Antes de que Sergio e Israel vinieran a apartarlos, Roberto le había dado un piñazo entre los ojos.

Por la tarde, Rivero contó que se había fajado con Alberto y que el arañazo en la nariz se lo había hecho con la caja de fósforos. Al otro día temprano, se fue en una carreta con el negro Mambo hacia Santa Clara y no regresó nunca más.

Tía Hortensia, que estaba embarazada se sumó a las posibles desheredadas.

Esa mañana María la Loca que vivía con mi abuela materna vio por última vez a Rivewro y dijo como para sí misma:

_ Ese hombre lleva ojos de no volver_ Y se fue a darle tres vueltas al pozo en uno y otro sentido, con los brazos abiertos enseñando los pellejos que le colgaban y diciendo:

_ Aquí te enseño, Dios Mío, las maletas del eterno viaje, llévame cuando quieras; pero antes he de ver a esta finca con toda la gente dentro, envuelta en llamas._

Los muchachos, entre ellos Alfredo, salieron corriendo hacia sus casas para hacer el cuento, y esa noche, algunos no durmieron por causa de las pesadillas.

Al mes siguiente llegó el abogado desde La Habana, quien después de mirar de reojo un gran cochino que se revolcaba en nuestro patio, se quedó a comer en la finca. Dijo que todo estaba a punto, que nuestro derecho era indiscutible; pero que los trámites demoraban unos días, que el nuevo gobierno revolucionario tenía muchos problemas, que estas rutinas a veces necesitaban grandes esfuerzos; que gracias a él y a su desinterés todo estaría arreglado en cosa de tres meses. En eso a Hortensia le dio una sirimba mientras se apretaba la barriga contra el piso, pataleando y quejándose.

El abogado sacó de su maletín unas sales de fruta y le dio a oler algo que le hizo pararse de un tirón. Ya tenía el vestido empapado en sangre y al salir caminando, algo baboso le rodó entre las piernas, hacia el piso. Viendo aquello quedé anonadado, creí que las tripas se le habían ido, que algún trueno silencioso le explotaba en los riñones.

Me fui caminando hacia Rebacadero para hablar con los hijos de tío Bernardo, y al pasar cerca del campo de pangola, vi el hoyo lleno de agua amarilla, al borde del cual se inclinaba la cruz de madera. Me quité el sombrero tratando de recrear el rostro mi padre como si hablara con él cosas que no recuerdo, pero pidiéndole protección, deseando tener sus molleros de hierro para romperle la cara a los abusadores.

Y sucedió que llegué a casa de tío Bernardo y los muchachos jugaban quimbumba, en el patio, y me entretuve con ellos hasta casi llegada la noche. La esposa del tío de la Habana y Angelita, estaban allí, y salieron hacia el batey para comer con el abogado. Yo no pensaba más que en la quimbumba, y ahora, despues de la orden de “¡dale!”, pedía veinticinco palos cortos, con lo que sacaba buena ventaja.

Ya empezaba a oscurecer y cuando miré hacia donde quedaba mi casa, vi una bandada de pájaros que enfilaba al poniente muy apurada, como en los grandes aguaceros; pero aquello que en el horizonte parecían nubes grises no era más que humo, y debajo se empezaron a ver lenguetadas de candela.

_ ¡El batey se quema!_ Oí este grito fermentando entre nosotros y agitándonos el pelo. Yeya, la mujer de tío Miguel, saltaba en el portal tratando de ver por encima de los linderos. Los pájaros seguían pasando hasta disolverse en la noche, que cayó a nuestras espaldas, cerrándonos la salida.

Por el callejón se oyó un galope solitario y el viejo mulo de mi abuelo pasó despatarrándose hacia el poniente, coronado de aves. Después llegó mi prima Teresa, con el San Lázaro al aire, pidiéndole lluvia, y nos dijo que María La Loca había salido encuera hacia lo de tío Juan, con los brazos abiertos diciendo que llevaba el cuerpo lleno de maletas para el eterno viaje, que se oyeron voces por allá y después la candela revolviendo los cañaverales y saltando hacia las casas.

Nadie supo hacia dónde tomar. Dijo Teresa que hasta el abogado saltaba en el terreno de pelota llamando por el orden y el viento le tiraba las llamas encima, poniéndolo carmelita. Algunas gentes hallaron salida al remolino, entre ellos, Perera y los muchachos. Mi madre, esa noche no estaba en el batey. Yeya la de tio Bernardo nos llevó hacia el cuarto y cerró la casa en aquella noche púrpura, hasta que nos dormimos.

A la mañana siguiente nos despertó Clarita pidiendo un puñado de azúcar y un grano de café para sus seis hijos que se morían de hambre. Era la primera vez que mendigaba fuera del batey.

Pastor Aguiar

I-Los personajes de la finca

Los moros

Los moros vivían en una gran casa de madera, construida con los mismos materiales que las demás de la sitiería. Estaba situada por el lado oeste, a cincuenta pasos del terraplén que limitaba la finca .Una mitad era usada como tienda y la otra, para vivir. La tienda miraba hacia el terraplén por una ancha puerta de doble hoja, y desde allí se abría el salón rectangular al pie  del mostrador de tablones oscuros y pulidos de tanto mano, codos y hasta nalgas de muchachos que se sentaban colgando los pies como péndulos, casi siempre descalzos. También los hombres pulseaban para ganar apuestas, sobre todo Alipio, que era un viejo de brazos cortos y dedos que parecían troncos de roble. Muy pocas veces había perdido, y casi siempre víctima de alguna trampa.

En uno de los ángulos del mostrador descansaba la romana sobre su pedestal de hierro, su plato de zinc y el brazo de color cobrizo por el que rodaba una pesa cilíndrica que marcaba hasta el diez. En el extremo del brazo colgaba un gancho al que se iban agregando contrapesos de distintos tamaños para completar las pesadas mayores.

En las junturas entre las tablas del mostrador se acumulaban polvo de café, granos de azúcar y alguna hormiga aplastada. De la alta y larguísima solera, que iba de un lado a otro del salón, colgaban mortadelas, salchichones, chorizos secos y racimos de plátanos maduros de todas las variedades. En el piso y pegados a las paredes, los sacos de arroz, frijoles, sal y azúcar, y en la estantería que ocupaba dos de las paredes en ángulo, el resto de las cosas de uso diario, desde lata de leche condensada, hasta aspirinas.

En medio de la pared opuesta, se abría la puerta que daba paso al comedor de la casa, donde estaban la mesa, los taburetes y el refrigerador de keroseno. Desde allí venía el dependiente a cada rato con refrescos o algún pedazo de carne. La segunda puerta se mantenía entornada, por el lado izquierdo, y comunicaba con el almacén de ropa, porque también vendían telas y vestidos de todo tipo. Los que venían por ropas,  entraban por el fondo y eran mujeres casi siempre.

Afuera, los caballos eran amarrados de una vara horizontal sobre soportes de raíles de ferrocarril.

La otra mitad era la vivienda con el comedor mencionado, dos cuartos al norte y la cocina por el este, y desde ella se podía pasar directamente al patio, donde se alzaba  el pozo de bomba de hierro, con su tanque de agua verdosa para los animales. Más allá, el huerto donde crecían lechugas, ajíes, hierbas aromáticas y varios naranjos. Algunos muchachos aseguraban que al despuntar el sol, la mora vieja regaba las plantas con el orine de los tibores.

Un poco más al norte, casi detrás del ángulo de la cocina, el inodoro de techo de zinc. Aquel pedazo de tierra en el extremo de la finca, era el territorio de los moros.

En la casona vivían la mora vieja, ya nonagenaria, y que soltaba unos lenguarajes en libanés y se pasaba las tardes sobre un taburete recostado contra la pared exterior del comedor, frente al trillo que llevaba al terraplén. Allí se la veía con un rosario, masticando oraciones. Después estaban el moro Jorge y Nayibe, a los que todos nosotros imitábamos entre risotadas. Nayibe a veces perdía el control y nos gritaba a través de la ventana de la cocina.

_ ¡La buta de tu badre, gabrón!

Después pasaba renqueando hacia el mostrador para atender a alguien, porque cojeaba, con aquella rodilla derecha arqueada hacia fuera recortándole la altura una tercera parte. A mí me inspiraba asco, porque despachaba los alimentos sin lavarse las manos y cuando reía, mostraba los dientes con restos de hortalizas.

Jorge era el cabeza de familia y administrador de la tienda. Era un hombre bajetón, de unas ciento cincuenta libras de peso. Dos o tres veces a la semana iba a traer mercancías desde Los Arabos, en su jeep Willis, que no conocía otra velocidad que los veinte kilómetros por hora a los que él se aventuraba en los tramos de carretera, llegando al pueblo. Era tan tacaño, que decían que jamás le cambió el aceite al vehículo. Él estaba casado con Fela, una criolla de la zona, y mucho más joven. Había tenido tres hijos varones, que yo conociera: Jorgito, de mi edad y mi mejor amigo, al que llamábamos “el Moro”, y José y Elías, en orden descendente. Los tres eran perfectos criollos y junto a nosotros se reían de la forma de sus parientes.

La tienda del moro, que fue construida antes de que yo naciera, era el ombligo de la sitiería, y siempre se oían conversaciones desde el mostrador, donde cada cual regateaba un precio, o mendigaba una “contra” de azúcar para el café. También se acaloraban en interminables discusiones sobre pelota o los números que iban a salir en la lotería. Cuando bajaban las voces hasta el cuchicheo, estaban despellejando a alguien con lo de los tarros pegados, o fulano que raptó a mengana y se habían escondido no sé dónde.

 

Un buen pellizco

 

El moro tenía su tienda abastecida con todo lo que se pudiera necesitar, pero yo no acababa de entender por qué solamente algunas cosas esenciales, y casi nunca lo que en verdad me hacía la boca agua, las podíamos comprar, como aquellos quesos de corteza roja, o los turrones de España. Incluso en Nochebuena, las uvas eran parte de un paquete que los dueños regalaban a cada consumidor  y que llamaban aguinaldo. Siempre eran Pipo, o Mima, quienes lo recibían y cuando lo soltaban sobre la mesa del comedor, vigilaba cada detalle agarrado del delantal de mi madre. Eran turrones de Jijona y Alicante, membrillo, uvas, manzanas y a veces una botella de vino dulce. Adicionalmente Pipo compraba avellanas y nueces, porque daba buena suerte tirar las cáscaras por el patio. Nada se podía tocar hasta el día de Navidad.

Como Nayibe acostumbraba a darle algún dulce a los niños conocidos cuando se enteraba de sus cumpleaños, no pasaban tres meses y yo anunciaba que era el mío. Entonces se limpiaba las manos percudidas en la punta del delantal más sucio aún y renqueando, agarraba un puñado de caramelos de los más baratos. Otras veces, como dije antes, eran las monedas que encontrábamos en el terreno de pelota y que convertía en refrescos.

Cuando empecé a ser mandadero, me fui dando cuenta de la razón de los límites en las compras. Mima me daba una lista con lo mínimo necesario: Diez centavos de café, tres de azúcar prieta, cinco libras de arroz de grano largo, media de mortadela de la que tenía gordos de puerco, una caja de polvo de lavar FAB, un jabón Oso Blanco, y algo de manteca, si no teníamos de algún cerdo matado recientemente. La sal iba de contra.

Yo le daba el papelito a Nayibe, o al moro Jorge, y me iban despachando cada cosa, haciendo correr por el brazo de la romana, aquella pesa de color cobrizo. Al final tomaban un gran libro lleno de columnas verticales y anotaban cada cosa con el precio al lado y el total debajo.

Todos los día primero de mes Pipo iba a pagar los quince o veinte pesos de la deuda, y yo miraba curiosamente, cómo apenas le sobraban un par de pesos para cualquier emergencia. Sin embargo, las raras veces el que iba al pueblo, lo esperábamos en la puerta desde media tarde, maldiciendo el tamaño de las horas, porque siempre traía una caja de dulces variados, de los que él tomaba un caracol relleno con mantecado.

Y por aquellos tiempos los moros pusieron un dependiente par ayudarlos en el mostrador. Primero estuvo La Negra, una mulata medio tiempo, quien era de la familia de los Junco, los únicos de piel oscura en la zona. Pocos años después fue sustituida por Bonifacio, al que terminamos llamando Boney, quien se había mudado desde una comarca cercana a Los Arabos y era gago, con lo que se ganó un gran número de imitadores clandestinos entre nosotros.

Boney fue quien, mucho más tarde, se hizo novio de la única hembra de tío Bernardo, con lo que levantó comentarios por la gran diferencia de edad. Él la superaba en casi veinte años; pero finalmente se casaron.

En casa de mis abuelos conservaron la venta de algunas galletas y dulces para los muchachos durante los recesos entre las clases, y a menudo le regalaban chupetas, rompe quijadas y queques a los nietos favoritos, que eran el hijo de tío Israel, o los de Bernardo. De mala gana, cuando alguno de nosotros se presentaba accidentalmente, o nos daban una galleta, a veces mordida, o corrían a esconder la lata al fondo de la cocina.

Nunca olvido la vez en que fui con mi madre a visitar a abuelo, quien estaba encamado a causa de una gripe muy mala., y como la conversación se extendía, me atreví a decirle a abuela Tomaza.

_ Abuela, ¿no tiene un queque que me regale?

Cuando ella salió como despegando cada pie de las lozas, Mima agarró un pliegue de piel de uno de mis brazos y le comenzó a dar vueltas hasta hacerme un nudo, y sin soltar, acercó su boca a mi oído como el cañón de un arma.

_Como me vuelvas a hacer pasar esta vergüenza, te mato a cintarazos. ¡Deja que lleguemos a casa!

La roncha me duró hasta que una buena tunda desvió mi atención hacia las nalgas, porque me había descubierto un lápiz de color rojo en la javita de las libretas, a pesar de que le juré que lo había encontrado en el piso del aula.

Así iban pasando las cosas, y yo ni noticias tenía de que en las montañas de Oriente, un grupo de rebeldes barbudos estaban haciendo de las suyas.

 

Pastor Aguiar

 

Tío Juan

Era uno de los hermanos mayores, al que algunos calificaban de “tarambana”, por lo de no tener pelos en la lengua y hacer lo que se le daba la real gana. Era de mediana estatura, fornido como todos ellos y de rostro cuadrado, piel grisácea y ojos oscuros con reflejos verdosos. También se decía de él que no le tenía miedo a nada ni a nadie. Se casó con Dominga, una mujer muy habladora y que se las daba de “fisna” cuando hablaba, como si hubiera acabado de llegar de La Habana.
Si tío Juan era medio alocado, Dominga necesitó tratamiento en varias ocasiones por la misma causa. Parió como una coneja, y casi todos le salieron con algún desequilibrio, sobre todo Orlando, el mayor. Después vinieron Orestes y Gladys. Orestes era mi preferido, por su seriedad. Más tarde vino Oscar, quizá el más parecido al padre, inquieto y despabilado. La última fue Odalys, quien nació cuando los demás hacía mucho que correteaban por los callejones.
A Oscar lo apodábamos Pitilla, quizá por su baja estatura y lo de avispado. Nunca olvido la vez cuando le dimos diez centavos durante el recreo, en la época en que mis abuelos habían muerto y la escuela ocupaba parte de la casona. Lo llamamos hacia la destartalada cocina, por detrás de un aula, y le dijimos.
_ A que no le levantas la saya a Magalys.
_ A ver, ¿qué me darán por ello?
_ Agarra, aquí tienes para dos refrescos.
_ Por eso me la como viva. Esperen detrás de la hoja de la puerta.
Como muchas de las chicas de quinto y sexto grado, ya apuntando a señoritas, pasaban por dentro de la habitación para acortar camino o hablar de algún asunto privado, esa vez Magalys, que era la más codiciada, regresaba del inodoro alisándose la blusa blanca en la que ya le molestaban unos senos incipientes.
Pitilla saltó como un gato y en menos de lo que canta un gallo y con ambas manos, le levantó el vestidito casi hasta los hombros. Nosotros quedamos con aquella visión de menos de un segundo para el resto de nuestras vidas. Ella lo recibió con un grito y una andanada de pescozones. Después fue a darle las quejas a la maestra, quien rara era la semana en que no tenía que expulsarlo.
Con el paso de los años Dominga y mi tío se separaron y los muchachos fueron tomando otros rumbos. Orestes se casó y se fue a vivir con los suegros a la provincia de Santa Clara. Gladys tuvo un primer matrimonio y Orlando se quedó solterón durante muchos años, con tratamientos siquiátricos, ya que le dio por masturbarse en cualquier lugar, lo mismo detrás de un matojo cuando pasaban las muchachas, o detrás de las puertas cuando alguna mujer estaba al alcance de sus ojos. Finalmente, pasados los treinta años, se casó con una taxista gigantesca y más negra que la noche, quien lo metió en cintura definitivamente. Pitilla también formó familia y se convirtió en un hombre serio, y cuando hizo el servicio militar, estuvo en varias guerras africanas, desde donde regresó convertido en un personaje legendario. De Odalys no supe mucho, era demasiado niña cuando dejé de verla.
Como la casa de tío Juan estaba después de pasar todos los sembradíos, al lado del potrero, mi madre los visitaba dos o tres veces al año y el recorrido de un kilómetro a través de los cañaverales y otros frutos, era una fiesta. Yo iba lanzando piedras a los pájaros y adelantando tramos en cortas carreras que después desandaba para halar a Osvaldito mi hermano, que miraba a Mima de reojo, calculándole la fuerza de la pegada.
La casa de tío, como todas, era de madera y techo de guano. Nunca pasábamos de la sala, donde Dominga y Mima conversaban y tomaban café.
Nosotros, muchas veces acompañados por Gladys y alguno de los otros, íbamos a jugar y comer frutas en la arboleda del fondo, donde había una casita con aperos de labranza, sacos de maíz y en el portalito, la batea de lavar ropa. Yo siempre andaba a la caza de algún periódico viejo o alguna revista de muñequitos.
Casi nunca tío Juan estaba en casa, y si alguna vez lo hizo, nos llenaba de besos y buena onda. Él siempre nos mostró aprecio profundo y defendió a las mujeres contra viento y mareas cuando llegaron los litigios entre herederos.

Pastor Aguiar

La tía Ángela

Tía Ángela se había divorciado mucho antes de mis primeras memorias, pero no perdió tiempo, porque parió como una coneja. El mayor era Eladio, seguido de Raúl, Ofelia, Esther, Sergio y Reynaldo…ah, y una hija que se había dado candela por asuntos de amor. Siempre tuvo su casa allá, a unos cien pasos del callejón hondo, haciendo ángulo con los primeros cañaverales, al final de los terrenos del batey. Allí tenía un pequeño sitio con frutales, yucas y plátanos. Al frente, custodiando el portal de losas, el jardín cundido de rosas, platanillos, vicarias, azucenas y hasta campanas blancas. Pero la gente a veces cambiaba de lugares. Hablo de lo que recuerdo como testigo presencial.

Eladio vivía con su esposa en La Habana. Ofelia en Colón con varios hijos, algunos de los cuales eran contemporáneos conmigo y jugábamos cuando ellos venían a la finca durante las vacaciones escolares. Raúl también vivía en la capital y apenas lo vi par de veces. Un poco más tarde también siguieron el mismo rumbo Sergio y Reynaldo, así que solamente Esther quedó con tía hasta que todo se deshizo.

Tía Ángela era la más fuerte, una especie de enfermera, curadora de empachos y hasta comadrona. Para colmo, la vi un par de veces al fondo del patio, orinando de pie, como todo un hombre. En varias ocasiones fui víctima de sus artes, como la vez en que me drenó un absceso en el pie y mis gritos se oyeron en toda la sitiería, y aquella de la cura de barriga que me trajo una buena tunda de manos de Pipo. Sucedió como sigue.

Recuerdo las manos de Clarita, arrugadas, laxas, en las que nunca se acababa la peste a manteca rancia y aquel calor resbaloso que llevaba a la barriga, aplastando lombrices. Sus dedos de puro hueso casi me herían las tripas.

Aquella vez las guayabas verdes se me agarraron de tal forma en los intestinos que ya no soportaba el dolor y la aventazón.

_ Buen empacho tienes por no hacerme caso!_ Era  el estribillo gastado de mi abuela.

No había otro remedio que Clarita y allí vi llegando sus manos largas,  solas, seguidas de una voz hueca como si saliera de un barril de madera recién destapado. Su eco  detrás de las manos, disolviéndose en el tufo a manteca rancia y a tabaco, con el primer apretón.

Tenía buena fama. Para todo mal la salida era el pase de manos de Clarita, y a veces le iba  bien, como en mi caso, que aquel nudo de semillas se desbocó tripa abajo manchando sábanas, y detrás las lombrices ahorcándose entre el tejido. El alivio me llegó como de las estrellas que contemplaba boca arriba en el portal, para que me hicieran los cuentos más lindos del cielo; y con el último chillar de la grasa, ya dormida en mi ombligo, me pareció sentirlas crujir soltando astillas de luz. Respiré tan hondo y estremecido que mi madre me sujetó. Le dieron cinco centavos, que era buena paga. Me pareció verla frente al mostrador de madera pulida y polvillo de café en las junturas, pidiendo tres centavos de arroz, uno de azúcar, uno de café y la contra sal.

Era tarde, y como a las cuatro llegó tía Ángela, que llenó el hueco de la puerta, imponiendo saludos, ordenando la conversación como mi abuelo a sus bueyes Ligero y Luz Brillante. Cada diez palabras las subrayaba con un refrán lapidario. Yo le tenía bronca. Al poco rato ella iba donde la canal vertía el agua de lluvia, y como por allí pasa poca gente y el júpito oculta de las miradas, separaba los pies y como un hombre orinaba, salpicándose las zapatillas de cuero.

Yo la miraba por las rendijas del cuarto; pero lo que me acababa de incomodar de ella eran los apretones que me dio un mes antes para sacarme un clavo, que tuve encarnado en un pozo de pus en el pie izquierdo. Cuando me reventó aquello a sangre fría los gritos se oyeron en lo de tío Juan que vino corriendo más de medio kilómetro. No pude menos que mentarle la madre.

También a tía Ángela la llamaban para pasar su mano a los empachos y fue aquel día que la venganza me relumbró por dentro y estuve morboso  y feliz,  mirándola de soslayo, entre ella y mi padre, quien hablaba de no sé qué pelea hermanos. Recordé  claramente que dos días antes el intento de ella había fracasado en mi barriga, y me le planté con los brazos en jarra, mirándola a los ojos:

_ ¡Tía Ángela, Clarita cura mejor que tú, ya me sanó el empacho que tú no pudiste!_

Vino una especie de sofocación silenciosa, crujió el taburete, hizo por levantarse mirando fijamente a mi padre que estaba boquiabierto; pero las cosas tomaron pronto el nivel que como otras tantas, yo no supe presentir.

_ Pepito, hazme el favor de subir a la barbacoa y tírame el rollo de soga nuevo.

Corrí diligente, como si me hubiera quitado un gran peso de encima. Hincando los dedos en las montaduras que hace una tabla con la otra, fui escalando hacia la barbacoa donde brillaba el rollo de ocho brazas de soga Rey. Lo halé hasta que cayó en manos de mi padre que me ordenaba:

_ ¡Baja ahora!_

Algo me dijo que su tono era agresivo, quizás cierto ronquido que le adornaba de rabia las palabras. Me temblaban las piernas pero ya era tarde, me esperaba la tanda de golpes a cuero limpio y tendría que gritar muy fuerte, mucho más que el dolor, hasta que tumbara los mangos maduros de la arboleda y los puercos reventaran la soga, hasta que María, la loca rompiera los pomos de dulce tropezando con todos los muebles y llegara por el camino real muriéndose un poco más y salvándome de mayores daños; sabiendo agarrar el brazo de mi padre gritando criminal, asesino, cómo me gustaría que te lo hicieran a ti.

Nunca olvidaré otro hecho relacionado con tía, y fue la vez en que Sergio, quien era un hombretón  veinteañero, le entró a tiros a Israel, mi padrino. Quizá por ser el menor de mis tíos abuelos, había sido criado como el niño lindo, a consecuencias de lo cual creció un hombre engreído hasta llegar al insulto.

Aquella vez había tenido unas palabras con tío Juan, a quien odiaba a muerte por ser el único que no tenía pelos en la lengua con él ni con los viejos. Y como quedó tan resentido, se puso a decir que allí nadie tenía pantalones para parársele enfrente. Entonces tía Ángela, que acababa de hacerle unas curas en la garganta cancerosa a abuelo, salió a callarlo.

_ ¡Ninguna mujer me manda a callar, lo que debes hacer es criar mejor a tus hijos, cabrona de mierda!

_ ¡Por lo menos ellos no son tan cochinos como tú, que te abusas con las mujeres!

_ ¡A ver si alguno tiene cojones para defenderte, que le voy a partir la cara, para que veas si le tengo miedo a los hombres!

Y parece que Sergio, que mudaba una vaca cerca del terreno de pelota, oyó aquello. Con la misma fue corriendo hacia su casa y regresó sin camisa y sin zapatos, con un revólver calibre 38 que sostenía apuntando hacia ellos mientras volaba atravesando la guardarraya y se acercaba a las dos palmas reales frente a la casona.

_ ¡Que te voy a matar, hijo de mala madre, para que respetes a tu hermana!

_ ¡Ah!, ¿no me digas que no estás cagado en los pantalones, mariconcito?

Entonces sonó el primer tiro y una de las palmas goteó un reguero de palmiche sobre la cabeza de Israel, quien quedó sin mover un dedo.

_ ¡Éste no lo voy a fallar, cabrón!

Y fue cuando Juan, no se sabe de dónde, abrazó a Sergio por la espalda arrancándole el revólver y encimándose sobre su hermano con una sonrisa escalofriante, sin el más mínimo temblor apuntando al medio del pecho.

_ Ahora sí sabes que se acabó el alarde, guapetón. Si no me das la espalda y te pierdes por aquella puerta en tres segundos, despídete del mundo_ Y comenzó a halar el gatillo.

No se oyó ni el vuelo de una mosca. Tía Ángela se puso a estirar su delantal como sacudiendo invisibles suciedades, y él, rascándose la tabla del pescuezo, se encaminó a la casa, tratando de no correr.

Aquella tarde vino una manga de viento que tumbó los mangos que quedaban en la arboleda y le arrancó el techo a la casita de Hortensia, quien ese día visitaba a su hermano mayor en la capital.

Pastor Aguiar